Suena el despertador a las 6:00 am. Me despierto y recibo una llamada de Javi para informarme que su vuelo se ha suspendido la noche anterior, les han montado en un autobús y éste, a 100 km de Madrid se ha chocado contra un coche mal estacionado en la autopista. Al parecer, su chofer cedió abnegadamente ante su caprichosa vejiga sin tiempo para aparcar. Es el primer problema del viaje, así que sin quererlo empezamos la aventura antes de tiempo. Tras unos momentos de nerviosismo, aproximadamente una hora después, llaman para decir que ha llegado un autobús de repuesto. Finalmente, y 10 horas mas tarde de lo previsto, llegan con el tiempo justo para facturar el equipaje.Desayunamos, nos conocemos y vamos preparándonos psicológicamente para una maratón de vuelos, escalas e insípidas comidas plastificadas, que más tarde, paradojas del destino, quizá hubiéramos agradecido.Tras la larga peregrinación llegamos finalmente a Mamallapuram y, después de dejar las mochilas, nos damos un vivificante baño en la piscina para posteriormente visitar el pueblo y sus principales joyas: El templo de la orilla y el grabado en roca “La penitencia de Arjona”.
Aquí nos saluda la lluvia india y descubrimos su gastronomía, con unos pescados a la parrilla en un restaurante de la playa. Para acabar este largo día de cuarenta y tantas horas con un sabroso banana lassi, un batido de yogur amargo con plátano y, como no, alguna especia.
2007-8-14
Nos despertamos rumbo a Pondicherry. Ciudad colonial afrancesada por herencia y con un cierto aire decadente por hastío y abandono. Reminiscencias del pasado, comemos platos indios europeizados y visitamos la playa, donde nos mezclamos con los lugareños y nos hacemos fotos con unas novicias. El idioma es un obstáculo, pero no les impide comunicarse con nosotros y ofrecernos su cariño con sus perpetuas sonrisas melladas o alicatadas en oro y sus miradas llenas de ilusión.
A la tarde, montamos en un bus local con música india de fondo y rodeados de lugareños que nos piden fotos y no paran de hacernos preguntas para satisfacer su curiosidad. Desde el autobús disfrutamos de la puesta de sol sobre un horizonte delineado por palmeras. El pueblo nos recibe con una mezcla de polvo, ruido, olores a especias y miseria aderezada con unas vacas callejeras peregrinas muy poco bucólicas para nuestros ojos occidentales. Aquí aprendemos a asentir a la manera india, es decir, meneando la cabeza perpendicularmente a izquierda y derecha como los perritos kitch de adorno de los coches ochenteros. Al principio, los occidentales confundimos este curioso gesto con nuestro movimiento giratorio de negación, sobre todo cuando lo hacen con un gesto adusto y serio mientras te asienten a su manera. Todo esto origina situaciones hilarantes y divertidas ante sus miradas de incomprensión.
La noche nos acoge en el hotel Ritz, pero lo más parecido a la famosa cadena hotelera no es su lujo asiático, sino la insistencia de sus empleados por lograr una propina. Cuando estamos dispuestos a cederle un espacio en la habitación al insistente botones, que no nos abandona sin conseguir una generosa propina, creo que ha debido pensar que ya había logrado suficiente botín y que, por otra parte, el sofá de recepción quizá sea más confortable que nuestra espartana habitación. Al salir de allí decide apagar el aire acondicionado por no haber sido lo suficientemente buenos samaritanos.
2007-8-15
El templo de Chidambaram es uno de los mas espectaculares de toda India y su magnificencia es acorde a su reputación. Nos descalzamos ante la entrada del templo, como obliga la tradición. Sus enormes gopuram o torres nos sorprenden por su numerosas figuras de yeso y su profusión de colores. Hoy es el aniversario de la independencia india y una efeméride así no escapa a los ojos de la mismísima Shiva, que ejerce de anfitriona en este templo dedicado a ella. Para celebrar dicha fiesta, numerosos peregrinos se acercan a llevar ofrendas de comida, velas o incienso. El olor invade todas las estancias y un monje se encarga de obligarnos a hacer una ofrenda económica a la entrada del santo santorum, el salón de las mil columnas. No se pueden hacer fotos y, educados ante todo, nos resignamos a retener las imágenes en nuestras memorias ante la amenaza de un monje de cortarnos un dedo si osamos transgredir las normas. En otra estancia, los feligreses redimen sus pecados lavándose en un hediondo estanque atestado de peces que parecen mubles y aparentemente se alimentan de la mugre de sus pecados. A la salida del templo nos despide un elefante, que una vez depositada la debida propina, obsequia a los feligreses con una reverencia que nos bendice y que, según la leyenda, augura que uno de los agasajados será el día de mañana el siguiente príncipe de la India.
Mientras nos llaman al trono, a mediodia, cogemos un bus a Thanjavur. El viaje resulta ser un frenético serpenteo de caminos polvorientos a través de pintorescos pueblecitos, donde nos ofrecen todo tipo de frutas y tentempiés para el camino. La banda sonora, como no podía ser de otra manera, cortesía de la película de Bollywood que ameniza el viaje a un volumen ensordecedor. Así que el viaje parece ser una combinación surrealista del París-Dakar y fiebre del sábado noche en su versión india.
Llegamos a Thanjavur, donde visitamos el principal atractivo de la ciudad, el templo de Sri Brihadishwara. A la entrada, como es menester, nos descalzamos para entrar siguiendo las costumbres. Aún a media tarde el calor es tan intenso que perseguimos las sombras para no abrasarnos nuestros pies occidentales, poco acostumbrados a este tipo de rigores. En una de las estancias observamos a decenas de indios venerando una gigantesca escultura de un toro de bronce, que llaman Nandi. Al parecer, debe ser la mayor representación de esta deidad en el sur de India. En el siguiente edificio vemos algunas ofrendas a una estatua de estatura humana de Shiva, a la que en otras cosas bañan con leche mientras entonan cantos religiosos fervorosamente. De ahí pasamos por un pasillo custodiado por decenas de columnas, que muy bien podrían aguantar el peso de todas las divinidades indias, aunque cada una de ellas fuera del tamaño del toro de la entrada. A medida que avanzamos, los salmos y el incienso nos invaden todos nuestros sentidos y al llegar al altar hacemos una pequeña donación para entrar en plena comunión con ellos y obtener el beneplácito de los monjes, que nos obsequian con una tika pintada en la frente. Al parecer debe representar el tercer ojo de Shiva, y quizá nos venga bien para aclarar el itinerario de los próximos días, que nos plantea nuestras primeras dudas serias. Una vez decidido, vamos a cenar. Una vez más, las especias no defraudan y, a media cena, tras haber agotado las existencias de agua del restaurante, tengo que salir corriendo a aprovisionarme en la tienda más cercana para mitigar el picante. Volvemos al hotel a dormir y coger fuerzas.
2007-8-16
Hoy vamos a visitar el palacio de Thanjavur y, para estar acorde, decidimos desayunar en un buffet libre de un hotel cercano. Aprovechamos la ocasión de degustar platos medianamente occidentales ante los ojos atónitos de los empleados, que no debían haber visto tal apetito en largo tiempo. Visitamos el palacio y sus espectaculares vistas de la ciudad. A la salida, un esperpéntico personaje me ofrece marihuana mientras me ameniza destrozando una canción popular. El me asegura que canta tan bien debido a la marihuana que fuma.
Mientras seguimos caminando con tan singular melodía de fondo, decidimos entrar en un colegio para ver unos niños que están desfilando y posando marcialmente. Los organizadores del evento reclaman a alguien que hable inglés para satisfacer su curiosidad. Nos informan que están festejando el 150 aniversario de la Cruz Roja en Thanjavur, nos anudan al cuello un pañuelo de la organización y comienzan a presentarnos a las autoridades pertinentes. Primero, el director del colegio; después, el alcalde y, finalmente, el representante de la Cruz Roja en Ginebra, que ha venido ha conmemorar la efeméride. Sin darnos tiempo a asimilar la situación, cada vez nos vemos más comprometidos. Rodeados de periodistas, cámaras de televisión y jaleados por los entusiastas y agradecidos niños, nos invitan a sentarnos en la mesa de autoridades. Allí, uno tras otro, ofrecen pláticas a los escolares, para finalmente conminarme a ofrecerles nosotros también un pequeño discurso. Improviso unas breves palabras en inglés agradeciéndoles su hospitalidad y su cariño y, al término de éstas, nos ofrecen una salva de aplausos que nos emociona y nos avergüenza a partes iguales. Para terminar nos hacen una serie de fotos posando con la mesa de autoridades y nos dan una calurosa despedida, mientras los niños se arremolinan y nos abrazan para inmortalizar el momento ante nuestras cámaras.
Tras este baño de multitudes, volvemos al hotel para coger la mochila y nos dirigimos a experimentar con el tren. Tras una hora de espera bajo un sol de justicia, montamos en los vagones como buenamente podemos. Allí nos esperan hacinados los lugareños sentándose en los asientos o encaramados en los portamaletas. A pesar de ello, el pasajero de nuestra derecha se presta a reservarnos el asiento con un pañuelo cuando nos levantamos, demostrando una vez más su exquisita educación. En el otro vagón, los chicos están charlando con un grupo de travestis indios que van a actuar en un local de Trichy. Para nuestra sorpresa, completamente desinhibidos en una sociedad tan hostil para ellos, les agasajan con una pequeña parte de su espectáculo, al tiempo que se travisten en el mismo vagón utilizando un shari para ocultar la vergüenza que les produce el arreglarse los pechos con relleno ante nuestras miradas.
Tras tres horas y media, llegamos a Trichy, dejamos la mochila en el hotel y compramos fruta para abastecernos en el camino y no perder un solo segundo. Cogemos unos taxis para ir hasta el templo de Sri Ranganathaswamy. En el camino pasamos por una serie de escuelas católicas privadas. En esta ciudad, en las que en algunos barrios los más sanos son las ratas, parece no haber demasiado para la caridad cristiana. Tras la preceptiva visita a esta nueva maravilla, nos dirigimos al templo de la Roca, serpenteando por un laberinto de calles en torno al bazar, repartiendo al paso fruta y alguna limosna entre mendigos y santones. Descalzos, iniciamos el ascenso de los escalones hacia la cima de esta venerada fortificación. Al llegar al la cima, vemos como una pareja de extranjeros son expulsados del recinto a empellones. Al parecer, el único delito que han cometido es haberse besado dentro del templo, grave ofensa en su cultura, al parecer. La noche nos recibe y nos ofrece una vista panorámica de toda la ciudad con sus continuos pitidos de los coches de fondo, que estropean la idílica escena. Volvemos al hotel tras lo que parece una frenética carrera tuk-tuks, en las que uno de ellos incluso llega a tocarse con otro vehículo. Recuperamos el aliento y, tras la cena, el monzón decide hacer acto de presencia con un aguacero que no deja apenas cruzar la calle sin mojarse hasta las rodillas. Hacemos noche y la maleta para no perder tiempo al día siguiente.
2007-8-17
Otro bus nos da los buenos días, éste hacia Madurai. El viaje dura 3 horas y al llegar somos abordados por sastres que ofrecen todo tipo de vestidos. Algunos de nosotros picamos y nos encomendamos a la pericia del sastre, que nos toma medidas dentro de la tienda o emporio, como ellos orgullosamente lo llaman. Nos emplaza para recoger la ropa a la tarde y decidimos ir al mercado de flores, que nos defrauda un poco, ya que es la una del mediodía y a estas horas apenas quedan rastros de lo que recuerda a una batalla campal hippy a base de flores. La gente está bebiendo algo en una cantina hecha a base de cuatro tablas y con una televisión en una esquina que atrae las miradas de todos. Están emitiendo una telenovela hindú al más puro estilo Bollywood, mientras ellos apuran algunos biris, el típico tabaco local hecho a base de hojas de la planta enrolladas y atadas en un extremo con una cordel de color. Algunos, quizá por aquello de asemejarse al glamour televisivo, nos piden tabaco occidental, y todos ellos lo encienden con un singular mechero, que no es sino una cuerda encendida y atada a una estaca junto a la barra de la cantina.
Vamos a comer buscando aliviar la canícula, mas que saciar el apetito. El cielo amenaza lluvia y, después de una maravilloso lassi, nos dirigimos al templo. Empieza el diluvio y nos separamos en los valientes, que van al templo a pesar del chaparrón, y el resto que se quedan a negociar con el sastre, ya que, aunque voluntarioso, no está muy acertado en su oficio. Mientras tanto, charlamos con numerosos lugareños y aprendemos a reconocer a los bramanes. Hablamos con uno de ellos y nos hace ver que el tiene una cuerda colgando del hombro que denota su clase social. Creo que necesitaríamos años para aprender a diferenciar las diferentes castas; sin embargo, a ellos no les debe originar la más mínima duda. La lluvia no nos ofrece tregua y ya inunda todas las calles. Ya no podemos esperar a que amaine, el tren nocturno hacia Varkala no puede esperar. Así que decido lanzarme al medio de la calle a buscar tuk-tuks que nos lleven a la estación de tren por un precio razonable. Acceden tras un duro regateo y el viaje resulta una aventura, con el agua de las anegadas calles por encima del suelo del tuk-tuk, pero, afortunadamente llegamos a la estación, donde nos cambiamos la ropa ante los indios estupefactos. Finalmente, tras una dura pelea por encontrar nuestro vagón, lo encontramos y nos preparamos para pasar las 10 horitas que dura el viaje.
2007-8-18
Bienvenidos a Kerala. Por la ventana del tren observamos las primeras postales típicas de este estado conocido como “god´s own land”, es decir, “la tierra privada de dios”. El apelativo no extraña al turista, que es recibido por fértiles jardines tropicales y remansos de paz entre canales, para más adelante descubrir los escarpados acantilados que acogen botes de pesca e historias de titanes del mar, ora con redes repletas, ora con corazones vacíos por la angustia del hermano perdido en ese mar traicionero. La costa de Varkala está jalonada por bares y restaurantes con menor o mayor encanto y fortuna, pero todos con ambiente sumamente relajado. Después de los primeros días de viaje, no nos cuesta esfuerzo dejarnos llevar por el ambiente, disfrutar de pescado y marisco fresco y someternos por la tarde a una reconfortante sesión de masaje ayurvédico. Ayurveda es el nombre de una medicina milenaria originaria de Kerala y numerosas casas de huéspedes y centros de medicina naturista ofrecen todo tipo de tratamientos para los más hedonistas. Por la tarde, en el bar de moda asistimos a una representación de algo anunciado como espectáculo de Bollywood, pero que podría tratarse de un mero carnaval de niños con insípidas y descoordinadas coreografías de cualquier sarao de jubilados de Benidorm. El hambre nos rescata de tan singular espectáculo y proseguimos nuestro deleite culinario. Ultima cervecita y regreso al hotel.
2007-8-19
Patxi sufre los rigores del viaje y hoy siente mareos y malestar general, que hace que todos nos preocupemos por él. El trayecto de dos horas a Allepey se vuelve una tortura para el primer damnificado del grupo. Afortunadamente, encontramos alojamiento rápido en una casa típica keralesa. Habitaciones limpias en torno a un romántico jardín de estilo japonés con el detalle de una casita de árbol que nos hace retrotraernos a nuestra infancia. Somos bienvenidos con la mejor de las sonrisas, ya que el dueño del hostal celebra su fiesta de pedida de mano y ejerce de anfitrión de todos los familiares y amigos. Como tal nos toma y somos agasajados con típicos platos keraleses a base de arroz, cordero, vegetales y pollo con endiabladas salsas. Dejamos descansar a Patxi mientras el resto vamos a pasear por Allepey y descubrir una tarde dominical en la playa de este pueblecito de pescadores. Es el punto de reunión y mientras los niños corren tras sus cometas, los jóvenes disfrutan de un recatado baño ataviados con pantalones y camisetas o incluso mujeres rematadas por saris para proteger sus púdicos cuerpos. Los menos atrevidos, simplemente, pasean por la orilla comentando como se dio la pesca o qué tiempo tendrán al día siguiente, pero todos ellos se sienten atraídos por nuestra presencia y no dudan en solicitarnos hacerse fotos con nosotros.
Volvemos al hotel, donde el prometido sigue celebrando el compromiso con sus amigos, que tocan la guitarra y entonan canciones de rock occidentales que poco tienen que ver con los sonidos étnicos del sitar o los tambores hindús. Un nuevo contratiempo, Sol se ha resbalado en el baño, dando con el espinazo en pleno escalón. No parece tener fractura, pero el golpe ha sido brutal y aunque no quiero alarmarla, todo augura que el accidente puede afectar a su viaje, ya que apenas puede sentarse en una silla. Mientras tanto, los amigos del novio, embriagados por la música de las guitarras y los licores de estraperlo, nos animan a unirnos a su fiesta. Decidimos reponernos ante los contratiempos y no nos cuesta contagiarnos del ambiente. Tras la cena, la fiesta se torna en un desmadrado guateque en los jardines, donde bailamos y reímos con ellos y algún que otro huésped, que decide unirse por vocación, obligación o envidia ante la jarana de los invitados. Incluso Patxi, más recuperado, hace acto de aparición para tranquilizarnos un poco.
En pleno éxtasis, el novio se queda en calzoncillos y se mete en el estanque de las ranas del jardín para inmortalizar el momento en mi cámara de fotos. Placenteramente, disfruta de su noche como si fuera una estrella de rock en un hotel de Las Vegas. Poco a poco, el cansancio nos va acompañando a cada uno a nuestras habitaciones.
2007-8-20
Singular goteo de rostros ajados por la resaca desfilan por el patio para el desayuno antes del crucero por los canales. Disfrutamos de un paseo por los idílicos parajes de los canales de Kerala mientras despertamos nuestros abotargados sentidos durante el viaje por los canales. Allí, entre palmeras y arrozales, pequeñas villas locales le han ganado sitio al mar y en ellas la vida no parece haber cambiado en los últimos siglos, a no ser por las pocas antenas parabólicas que apuntan al amenazante cielo monzónico.
Regresamos a tierra tras cuatro horas de bucólico crucero y vamos a recoger las maletas. En el hostal nos despiden con efusivas muestras de cariño y nos apuramos para no perder el tren hacia Ernakulam. Una vez allí, zarpamos en un barco hacia la isla de Kochi, antigua ciudad colonial portuguesa y cosmopolita que comparten pacíficamente católicos, hinduistas, musulmanes, jainistas y judíos. Crisol de culturas y paradigma de respeto y convivencia, hoy en día se ha convertido en un destino turístico donde poder descansar unos días degustando marisco y pescado fresco. Con esa intención nos acercamos para contemplar la puesta de sol que adorna las famosas redes chinas. Una serie de redes que hacen bajar por las mañanas con un sencillo mecanismo de balanceo manual y, una vez hundidas en el agua cierto tiempo, izan de nuevo para recoger todo el pescado apresado. Junto a ellas, numerosos puestos ofrecen pescado y marisco al peso, que, posteriormente, nos ofrecen cocinar en un restaurante aledaño. Todavía con el gusto en nuestros paladares, nos vamos a dormir para afrontar la visita de la ciudad con energías renovadas.
2007-8-21
Llueve. El monzón no nos ofrece más tregua y la lluvia arrecia contra los cristales mientras decidimos qué visitar en un día tan apático y triste. Salimos todos, incluida Sol, que sufre todavía la dolorosa caída. Alquilamos unos tuk-tuk, que nos llevan a visitar todo el pueblo. Primero, vamos a la lavandería, donde unos hombres hundidos en agua hasta las rodillas sacuden vigorosamente la ropa contra la piedra una y otra vez. Es un trabajo titánico destinado solamente a los hombres y donde unos lavan y otros alisan la ropa con unas planchas enormes y sumamente pesadas con la base rellena de ascuas de carbón.
Posteriormente, vamos al Palacio Holandés, antiguo vestigio del pasado colonial de esta ciudad. Partimos al barrio judío y según llegamos nuestro olfato nos lleva a una fábrica de especias. Multitud de especias saturan nuestros olfatos. Clavo, canela, curry, pimienta, estragón, anacardos y, sobre todo, incienso, mucho incienso. Desgraciadamente, Sol no puede más y decidimos que lo mejor será ir a visitar a un médico para que le haga una revisión exhaustiva. Nuestros presagios se confirman. No parece tener nada roto, pero la rotura fibrilar parece ser severa y le ha aconsejado masajes y reposo, así que nos despedimos de ella, que se va al hotel a reponerse. Parece que el día nos va a ofrecer tregua, pero nada más llegar a la sinagoga empieza otra vez el diluvio, que nos obliga a refugiarnos dentro de este anacrónico templo.
Al mal tiempo buena cara, salimos para recorrer las tiendas de artesanía que se agolpan a ambos lados de la calle. Antes de ir a comer, visitamos el cementerio holandés con desigual impresión. Particularmente, no me parece que este lúgubre espacio tenga nada de romántico ni melancólico. El restaurante Old Cortyard nos acoge en su patio colonial interior y disfrutamos de un comida de aire europeo.
Por la tarde, mientras voy a visitar a Sol, otros sacan las entradas del Katakali, un espectáculo tradicional de danza y música keralesa. Los actores se maquillan durante dos horas antes del espectáculo propiamente dicho. Este ritual previo no nos apasiona, pero la representación es realmente llamativa y colorista. Al final, nos acercamos a los camerinos, donde los actores gustosamente se posan para nosotros. Salimos y nos vamos a cenar. Decidimos darnos un homenaje y vamos al mejor sitio de toda la ciudad. De hecho, al llegar, nos sentimos un poco desubicados en un sitio tan elegante. Mientras degustamos la cena, un trío de música tradicional nos deleita con ritmos étnicos relajantes con efectos narcóticos que nos prepara para la noche.
2007-8-22
Ante la precaria situación de Sol, decidimos separarnos para dirigirnos a Munnar. Unos los hacemos en coche con ella y el resto, en bus. De camino, paramos en un preciosa cascada junto a la carretera. Aquí ya se puede apreciar la ausencia de turismo, ya que los lugareños nos piden continuamente posar con nosotros para inmortalizar el momento. El trayecto es espectacular, con escarpadas laderas verdes de plantas de té, que le dan un aspecto de cuento. Continuamos hasta Munnar y, al llegar, buscamos alojamiento y arreglamos nuestro desplazamiento hasta Coimbatore, nuestro próximo destino. Nuestros compañeros llegan con la lluvia que, una vez más, se convierte en nuestra compañera de viaje. Dejamos las mochilas y nos reconfortamos con un reconfortante té. Escampa y nos disponemos a pasear por tan pintoresco pueblo. En el camino nos encontramos con Jean Pierre, un chico canadiense con el que compartimos risas y copas en la pedida de mano en Allepey. Como empieza a anochecer y nuestros estómagos no han conocido apenas comida desde la mañana decidimos ir a cenar a un local modesto, pero con cierto encanto. Nos sorprende su generosa carta de platos de diversa inspiración, tanto india como internacional. Aprovecho para sacar un poco de chorizo que tengo mientras esperamos, primero pacientemente; luego, resignadamente; y después, los más hambrientos, desesperadamente a que la comida llegue. La situación se torna surrealista y el propietario, ante la falta de vajilla, nos llega a quitar los vasos que ve vacíos para poder ofrecérselos a otros clientes que han llegado posteriormente. Con los cubiertos ocurre exactamente lo mismo y tenemos que estar atentos a todo movimiento del dueño para no comer con las manos. Por fin, dos horas y media más tarde, y tras varios paseos del dueño del local para comprar las cervezas y la comida que le falta nos empieza a servir la comida. Todos apostamos a que el cocinero esta borracho y los platos parecen confirmar nuestros presagios, ya que solo acierta en la mitad de ellos y otros no llegan. A pesar de todo, he de reconocer que la comida que llegó estaba buena, pero todavía me resulta hilarante la situación comiendo un rollito de primavera con cuchara y la otra mano asida al vaso para no quedarme sin él. Sea por el estado etílico del dueño, sea por picaresca, al llegar la factura nos intenta cobrar los platos servidos y los que no. Vamos de vuelta al hotel por una carretera parcialmente intransitable debido a los corrimientos de tierras que han propiciado las últimas lluvias. Esquivamos los charcos con destreza e iluminados por la escasa luna que asoma entre los nubarrones o por las leves reflejos de los teléfonos moviles.
2007-8-23
Despertamos en Munnar y algunos acusan la humedad de la habitación, sobre todo Sol, que no está recuperada del todo. El pueblo nos espera y el mercado nos sorprende por su colorido, variedad y aromas. A pesar de ser un pequeño pueblo de montaña dedicado a la industria del té, hay un gran bullicio con gente que viene de las montañas a vender sus productos. Pescados secos de toda clase, verduras, frutas, carnes y té, sobre todo, mucho té. Fresco, seco, verde, negro, aromatizado con toda clase de especias, a cada cual más sugerente. Mientras Sol se somete una vez más a masajes terapéuticos, el resto alquilamos unos coches para visitar los alrededores. Recorremos sus colinas, entre campos de té y café y las casas que crecieron al amparo de la compañía de té, hoy convertida en cooperativa. Los barrios promovidos por la misma son fácilmente reconocibles por el alegre color azul celeste de sus fachadas que contrata con el amenazante cielo. No en vano, no nos defrauda y la lluvia regresa puntual a su cita diaria en estas fechas, así que aprovechamos para ir a comer después de hacer una rápida parada junto a un embalse.
Por la tarde aprovechamos para hacer algunas compras y, a última hora, vamos a cenar. Allí coincidimos con un grupo de chicos que están celebrando una despedida de soltero ataviados con caretas y pelucas. Mientras pedimos, llega otro grupo. Esta vez de chicas, que sorprendentemente están viajando solas. Entablamos conversación con algunos de ellas y nos aclaran que son de estudiantes de informática de la universidad de Chennai y están de viaje de estudios. Muy liberadas para la habitual sociedad conservadora india, todas ellas van luciendo bonitos saris de valiosas telas que denotan su clase social. Nos despedimos y emprendemos el viaje de vuelta hasta el hotel otra vez por la embarrada carretera.
2007-8-24
Nos despedimos de Munnar en un bus privado rumbo a Coimbatore. La escarpada y deficiente carretera serpentea las colinas jalonadas de campos de té que acogen a sus atareados jornaleros. Aprovechamos las vistas para inmortalizar el momento y, tras 2 horas de viaje, paramos a contemplar una cascada. Agazapada entre la espesura del bosque, espera pacientemente, sabiéndose observada por los pocos viajeros que nos acercamos a deleitarnos con esta bucólica estampa. Continuamos el viaje hasta el Parque Nacional Indira Gandhi, mientras vamos disfrutando de los bosques de sándalo y algún que otro esquivo mono. Hacemos un breve parada de minutos en la que no paramos de hacernos fotos con los numerosos monos que se acercan con intención de conseguir algo de comida. No se conforman con lo que les ofrecemos y tenemos que cerrar todas las ventanas del autobús para que no se nos metan los monos a robar dentro.
Llegamos a Coimbatore y las cosas se tuercen un poco. Nos informan que no quedan billetes para el famoso tren de juguete, así que deberemos conformarnos con ir en autobús una vez más. Además según salimos de la estación empieza a llover a cantaros, así que decidimos aprovechar el tiempo llenando nuestros estómagos en un restaurante cercano. Ahí nos planteamos el itinerario para los dos días siguientes y las diferentes actividades que se pueden realizar cuando escampe. Tras la comida algunos vamos a las calles comerciales y otros acuden a un cine a ver una película de Bollywood, que curiosamente resulta ser la que habían rodado meses antes en el Guggenheim de Bilbao. En las calles comerciales nos abordan para entrar en las numerosas joyerías que se suceden una tras otra y ambos lados de la calle. También hay tiendas de telas con vestidos horteras con brillantina, bisutería y fantasía para niños, que más bien parecen trajes de luces en miniatura o los trajes de John Travolta en Fiebre del Sábado Noche tras haber encogido con tanta lluvia monzónica.
Volvemos al hotel y nos vamos a un bar de moda junto al hotel. Bajo una tenue luz, los hombres se reúnen para tomar algo, charlar y ver la televisión en pantalla gigante. Nos tomamos unas cervecitas acompañadas de unas tapas indias a base de garbanzos fritos, y otros snack picantes de indescifrable procedencia. A las 12:00 nos cierran el bar y nos obligan a irnos al hotel, donde a pesar de la hora hay excesiva actividad que nos llama la atención. Preferimos no preguntar que tipo de servicios ofrecen a esas horas, pero la situación resulta realmente divertida.
2007-8-25
La cerveza india nos ha dejado un despertar más pesado de lo normal, pero el exquisito desayuno a base de pastas artesanas en una cafetería nos recarga de energías. Junto a ésta, observamos un curioso mural, donde amigablemente conviven dioses de las mayores religiones presentes en India: Buda, Ganesh, Shiva o Jesús. Solo falta Alá, pero quizá sea por el hecho de que no pueda ser representado en su religión. Vamos a la estación de buses y ante la caótica situación de los buses públicos optamos por alquilar transporte privado. Resulta ser uno de los autobuses más divertidos que he utilizado nunca, con sus lucecitas por todos los lados, su pleyade de dioses y divinidades de todo tipo engalanando su delantera y sus interiores de terciopelo. Si a esto unimos la música india a todo volumen parece la furgoneta del amor. Desgraciadamente nuestros oídos todavía no se han hecho al volumen habitual de la música ambiental y, tras los bailes que nos marcamos con las primeras canciones, nos empiezan retumbar los tímpanos. El camino a Ooty se hace un poco duro por la niebla y las numerosas curvas en las que el conductor lo arriesga todo, pero tras 4 horas, llegamos al hotel, donde amablemente nos están esperando.
El hostal resulta encantador, con una serie de habitaciones junto a un apacible jardín. Nos adentramos en el pueblo y, tras el almuerzo, nos vamos al jardín que orgullosamente nos recomiendan en la oficina de turismo como “uno de los mejores de toda Asia”. Resulta coqueto, pero lejos de ser la quintaesencia que nos han vendido. Espacioso, cuidado y con especies florales de diferentes sitios de Asia, es el lugar preferido por los locales para disfrutar de una plácida tarde de domingo. En el césped, familias enteras y grupos de jóvenes se divierten y ejercitan en grupos con juegos típicos que no acertamos entender. Allí también coincidimos con un grupo de adolescentes en viaje de estudios y nos damos un baño de masas con ellos, saltando y gritando, rodeados de decenas de ellos que nos abrazan hasta el punto de atosigarnos con tantas muestras de efusividad. Les resulta curioso que unos extranjeros se acerquen a jugar con ellos. La adrenalina nos desborda hasta tal punto que tras tanto abrazo de esta efusiva demostración popular bien podríamos haber salido desnudos que no nos habríamos dado cuenta. Nos despedimos y salimos a visitar el escueto mercado tibetano. De ahí nos dirigimos a ver el lago y disfrutar como niños en un circuito de karts. Emulando a Fernando Alonso, todos descargamos stress a toda velocidad mientras chocamos unos contra otros. Anochece y continuamos de compras por la ciudad, que pese a lo pequeña que es resulta ofrecer numerosas oportunidades, sobre todo en abalorios de plata. Exhaustos de tanto regateo, probamos las delicias etílicas de una tabernucha india, donde el dueño, tras una vetusta barra se regodea en el antiguo oficio de aguador y alquimista, mezclando con estilo los contenidos de algunos licores en otras botellas más pequeñas que despacha a destajo entre su solicita clientela. Por supuesto, todos ellos hombres, exhiben gustosos sus dientes mellados mientras ríen con ganas al ver entrar a unas cuantas chicas occidentales. Compramos alguna botellita de ron que, a pesar de asegurar que es añejo, después de probarlo bien podría pasar por alcohol de las heridas con tinte marrón. Sin embargo, a ellos no parece importarles y decantan sus vasos con inusitada prontitud. Las fuerzas se nos acaban y vamos a cenar a uno de los mejores restaurantes que hemos conocido en todo el viaje. Cocina india y occidental de extraordinaria elaboración y preparados en tiempo record. Regresamos al hotel dando un paseo y tras un rato de risas y parloteo nos retiramos a nuestros aposentos.
2007-8-26
Para hoy también tenemos bus privado, puede que nos estemos “hamburguesando”, pero tampoco tenemos demasiadas opciones. Aprovechamos para visitar los alrededores del pueblo, recorriendo caminos que castigan la todavía maltrecha espalda de Sol. En la primera parada, observamos un lago y algunos bisontes, que tienen toda la pinta de estar domesticados. De ahí vamos a una montaña famosa por ser escenario habitual de películas de cine. No es extraño viendo este paisaje de pequeñas lagunas entre verdes montañas de los Ghats occidentales. Los pastores aprovechan para sacar a pastar a sus caballos e intentar alquilarlos a los extranjeros, desafiando la prohibición local. Partimos hacia unas magnificas cascadas rodeados de monos, que en esta ocasión no nos resultan tan amigables. Tenemos que pelear con ellos para poder almorzar el jamón ibérico que me quedaba en la mochila. Pero, tras tanta comida especiada, degustar estas delicatessen bien merecen el esfuerzo y, con disciplina marcial, preparo unos sandwiches mientras David mantiene a los monos alejados con una vara. En vano, no cesan en el empeño, y alguno que otro muestra sus mandíbulas en gesto amenazante.
Continuamos con nuestro itinerario para darnos un paseo en barca por otro lago cercano y, posteriormente, nos dirigimos carretera al Parque Nacional de Mudumalai. La carretera no defrauda y, esta vez más que nunca, nos ofrece un vertiginoso descenso con pendientes imposibles entre la espesa niebla. En algunas curvas la espesura del bosque ha ganado el pulso a la carretera y algunos árboles han arraigado y crecido en medio de la carretera, poniendo a prueba la pericia de estos intrépidos conductores. Paramos a reponer fuerzas y el aliento en lo que probablemente sea el único restaurante en muchos kilómetros a la redonda. La comida no es precisamente el encanto del local y, rodeados de monos, nos repartimos los platos buenos y los no tan buenos. Lo más curioso resulta que en este apartado local de comida desagradable están esperando a Shibanji, actor y director de cine protagonista de la película que vimos en Coimbatore y uno de los principales ídolos de Bollywood. Por desgracia, no tenemos tiempo para seguirle esperando y nos vamos sin poder saludar a tan peculiar celebridad. A medida que nos vamos acercando al parque vemos continuas manadas de ciervos moteados en las orillas de la carretera y, ya en los aledaños, un cachorro de elefante que observa curioso el paso de nuestro vehículo. Al llegar al parque nos ofrecen un paseo alrededor del parque, pero, desafortunadamente, es tan extenso que solo podemos observar más cérvidos y bisontes. Llega la hora de la merienda también para los elefantes y sus cuidadores atienden diligentes a sus demandas. En pocos minutos estos paquidermos engullen kilos y kilos de fruta, pasto, coco y proteínas mezclados en bolas preparadas exclusivamente para cada uno de ellos. El tiempo se nos echa encima, así que volvemos al autobús para concluir nuestro recorrido hacia Mysore.
El tiempo es inclemente con nosotros y para cuando llegamos nos recibe una tromba de agua que anega las calles en cuestión de minutos. Es un alivio haber reservado habitación para hoy en un aseado hotel de categoría media-alta y, en contraste con la lluvia, el recepcionista se muestra atento y amable en todo momento sin, aparentemente, esperar contraprestaciones. Nos cambiamos y disfrutamos de la cena en el mismo hotel. Antes de ir a dormir damos una vuelta por el barrio para acabar tomando una cervecita en otro abrevadero local de mala muerte. Apenas hablan inglés y ellos y nosotros nos reímos ante la situación, mientras ante nuestros ojos perplejos un grupo de amigos despachan unos rones de un trago y se largan sin apenas perder tiempo. Por su diligencia, si hubiera habido pinchos en la barra bien podrían haber sido una cuadrilla de txikiteros en el casco viejo de Lekeitio o Bermeo. Salimos de la tasca y Carlos decide ponerse a mear junto a unas vacas en un sórdido callejón. De entre la oscuridad surge una voz y, al poco, un hombre gesticulando y amenazando con una vara que hacen que Carlos tenga que salir corriendo. Al parecer, en este país de contrastes, las vacas cuentan con más libertades que los hombres en algunas situaciones…